El avión se adentra en las nubes y, como cuando Ed contempló los primeros vapores celestes, mis ojos son testigos ciegos de un mismo gris, gris que si bien podría ser todos los tonos de gris, es a su vez todos los tonos del mundo; que en este plano horizonte, liso universo de semejanzas, atrapan al espíritu siempre ciego, le amarran una cuerda al cuello para dejarlo pendiendo del vacío.
Del vacío los hombres son presa, morada de la mujer, cautiva a su vez del asombro masculino, del ímpetu imperioso del macho que sale siempre de sí, para hundirse en el gris.
Gris, terso confort, donde la vista cae sin miedo, alejándose de ti.
